Me llamo Carolina Herrera, soy de Colombia y vivo en Costa Rica. Tengo 41
años, y empecé este proyecto hace cuatro años. Sin embargo, llegó la pandemia
y cambió todos mis planes. Aún así, creo que Dios y la vida me estaban preparando para
seguir intentándolo, para ser resiliente y no abandonar mi sueño de hacer realidad este programa
.
Cuando alguien decide hacer voluntariado, debe tener en cuenta que las cosas
no serán como cuando estamos en nuestro entorno seguro y en nuestra zona de confort, y eso está bien,
porque un programa como éste me ha enseñado mucha resiliencia, tolerancia y
paciencia. El cambio de cultura, el clima, la gente que me rodea, la comida: todo esto
son retos que superamos, de los que aprendemos y que llegamos a apreciar.
La experiencia en San Vicente, así como aquí en Zambia, ha merecido mucho la pena
. He conocido otras culturas y costumbres, he creado nuevas rutinas,
y he conocido a personas maravillosas que se han convertido en mi familia durante esta experiencia.

Pasando 24/7 con ellos sólo unos meses, al final, parece como si hubiéramos pasado toda una
vida juntos porque conseguimos formar un equipo sólido, sincero, honesto y diverso.
Cuando estuvimos en la escuela de San Vicente, mucha gente nos dijo lo que podíamos esperar,
nos dio consejos y recomendaciones, pero vivir la experiencia de primera mano es
algo totalmente distinto, y supone un gran reto. Aprender a vivir con la ocasional
falta de agua y electricidad, acostumbrarse a la comida, al calor, al ritmo al que se hacen las cosas
para mí, una de las lecciones ha sido la resiliencia, la paciencia y aprender a tener
paz conmigo misma.
Para cada persona, esta experiencia es diferente. Cada uno vino con expectativas diferentes
, y aunque tengamos el mismo proyecto y compartamos experiencias,
para cada uno de nosotros es única. Una de las mayores lecciones que he aprendido aquí es tener
fe en Dios, en que todo saldrá bien, y vivir el día a día. Porque aquí,
para mí, el tiempo se detiene, y sólo puedes esperar, pensar y tomar decisiones en el momento adecuado
-ni antes, ni después. La solución llegará en el momento adecuado, cuando esté
destinado a ello.
En la Ciudad de los Niños, aquí en Zambia, al principio fue un proceso de comprensión de cómo
funcionaba todo, aprendiendo nuevos nombres de las personas que trabajan aquí y de los alumnos.
¡Ohhh, los alumnos! Hermosos seres llenos de bondad y alegría con cada saludo y sonrisa
que nos regalan, curiosos por nuestras culturas, y siempre muy dispuestos a ayudar y trabajar juntos.
Para concluir este viaje asombroso aunque muy desafiante, mis expectativas se han
cumplido y superado. Creo firmemente en la ley de la comunicación, y sé que
todo lo que ha ocurrido y lo que he vivido en estos últimos seis meses
(tres en San Vicente, tres en Zambia) era exactamente como tenía que ser. Lo he
aprendido y lo llevaré en mi corazón el resto de mi vida. Es una experiencia única
para personas mental y emocionalmente fuertes y valientes que quieren intentar ayudar y enseñar en un mundo
y a personas muy diferentes de nosotros, pero al final, son ellas las que nos ayudan y
enseñan con su amor, su amabilidad y su forma de vivir.